
Muy breve historia de 250 años
Hace doscientos cincuenta años, los colonos del imperio inglés en América se declararon libres de la autoridad del rey y, sosteniendo como verdad evidente que «todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad», establecieron el embrión de una democracia dividida y contradictoria que no incluía a las mujeres, ni a los esclavos traídos de África, ni a los hombres que no fueran de origen europeo, ni a aquellos de escasos recursos. Y, ciertamente, tampoco a los indígenas americanos, a quienes llamaban «salvajes indios despiadados» y contra quienes intentaron un genocidio.
A lo largo de esos doscientos cincuenta años, y de manera gradual y dolorosa, evolucionó una democracia imperfecta que incluyó robándole a México vecino al mitad de su territorio y una sangrienta guerra civil que puso fin a la esclavitud 85 años después de la declaración. Las mujeres no obtuvieron el derecho al voto hasta 1920 (año en que mi madre, entonces de doce años, emigró con su familia a los Estados Unidos); los afroamericanos no consiguieron enteramente sus derechos civiles hasta 1964, y sus derechos electorales garantizados al año siguiente. Con el paso del tiempo, se ampliaron los derechos y se corrigieron —o al menos se atenuaron— las injusticias de la conquista y del capitalismo desenfrenado. Así, los Estados Unidos de América intentaron seguir evolucionando como democracia.
Mucho sucedió en la década de 1960, una etapa dolorosa marcada por conflictos pero también por la alegría y la esperanza; fue la década de una revolución cultural conocida como la Contracultura (o, popularmente, la revolución *hippie*). Esto alarmó profundamente a las élites adineradas y a la llamada «mayoría moral», herederos de esa tradición puritana contra la cual se rebeló gran parte de la juventud: los *hippies*.
La reacción vino pronto; el republicano Ronald Reagan, bajo el lema de «hacer a Estados Unidos grande de nuevo», fue elegido presidente en 1980 con el respaldo de los ultrarricos y la derecha cristiana (la llamada «Mayoría Silenciosa» o «Mayoría Moral») e inmediatamente se puso a deshacer los logros democráticos alcanzados con tanto esfuerzo desde aquella Declaración de 1776.
Poco más de treinta años después, un multimillonario criminal, ignorante y autoritario —que también prometía «hacer a Estados Unidos grande de nuevo» y encabezaba el Partido Republicano ya fascista— fue elegido presidente de los Estados Unidos. Al finalizar su primer mandato, intentó manipular las elecciones y, perdiéndolas, declaró fraude y movilizó a sus bases bajas para asaltar y destrozar el Capitolio de la nación (televisado) el Día de Reyes de 2021.
Cuatro años más tarde, contra toda decencia, Trump fue elegido nuevamente presidente de los Estados Unidos y inmediatamente actuó como un rey por encima de la ley: declaró decretos, violo la Constitución, persiguió cruelmente a los inmigrantes, destruyó familias y comunidades, y desató una guerra por puro capricho que arruinó la economía mundial; todo ello bajo un plan ideado por la fascista Federalist Society y facilitado por un Congreso cómplice controlado por los republicanos y una Corte Suprema hecha de jueces nombrados por él, lo que convertiría al presidente (al poder ejecutivo) en un dictador.
Así, doscientos cincuenta años después del nacimiento de los Estados Unidos de América —nacidos de una declaración contra la autoridad de un rey—, nos encontramos bajo el gobierno más corrupto, ilegal, criminal y tiránico que jamás hayamos tenido, que pone en peligro a la nación, al mundo y a la propia vida que da la Tierra.
Ahora nosotros, el pueblo, tenemos que proclamar, ser y hacer otra revolución profundamente arraigada en el amor, la justicia y la alegría de vivir, teniendo a corazón que todos tenemos « ciertos derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».
Rafael Jesús González
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