En
celebrar el Día de Conmemoración reflexionemos sobre el hecho de que los
Estados Unidos está y ha estado en estados constante de guerra desde su
principio. Guerra, la causa principal del derroche de la Tierra (criando cambio
climático), derrochando vidas (vidas estadounidenses y aun más vidas en los
países que invadimos o en que “intervenimos”), derrochando recursos que ni la Tierra ni nosotros podemos permitir.
Invadimos
a otros países sin provocación y en algún perverso “doble-hablar”, le llamamos
“defensa.” Mandamos soldados a matar y ser matados y decimos que lo hacen “para
defender del país,” “para proteger nuestros intereses” aunque la verdad es que
los únicos intereses que los militares protegen son los intereses del 1% que
poseen el gobierno y somos nosotros quienes pagamos por sus guerras.
El país
tiene larga historia de ser gobernado por belicistas (de verdad es difícil
nombrar los que no lo han sido.) Para acabarla de moler a algunos de estos se
les ha dado (sin merecerlo) Premios Nobel de la Paz.
Hay un
silencio público ensordecedor sobre el asunto. En la campaña presidencial
intensa la guerra no ha sido discutida — silencio aun cuando estamos en proceso
de una nueva guerra mundial.
Celebrando
el Día de la Conmemoración recordamos a los caídos en el campo de batalla — y
también las razones necias y/o villanas por las guerras en que cayeron.
Lamentando aquellos que mueren en guerras perpetuas, ambos combatientes y
civiles, comparto con ustedes algunos pensamientos de mi cuaderno de notas del
verano hace diez años cuando estuve en Washington D.C. y visité el monumento a
la guerra en Vietnam. Otra vez más nos encontramos como nación en guerras
continuas que hacen derroche de la Tierra y de vidas y de recursos. Si
verdaderamente honráramos a nuestros muertos en guerra, si verdaderamente los
amáramos y amáramos a la Tierra y a la justicia y la paz, encontraríamos un
modo de ponerle fin a la guerra.
Reflexiones sobre el Muro
El
primer día en Washington D.C., en el calor de agosto, justo del Museo
del Indio Americano, llevo mi camiseta con la imagen del apache
Jerónimo y sus compañeros armados que lee, “Homeland Security, Luchando
contra el Terrorismo desde 1492.” Camino por la alameda, el Mall,
rodeo el obelisco del monumento a Washington, sigo la alberca, paso el
templo griego de mármol blanco del monumento a Lincoln, al Muro de
Vietnam — peregrinaje al monumento a “mi guerra,” mía no porque luché
en ella, sino porque luché en oposición de ella — corazón, mente y
alma.
Mi
intención, un tipo de penitencia, como decir el rosario, es empezar de
una punta a la otra y leer cada uno y todos los 58, 245 nombres,
imaginándome un rostro, una edad, una historia, una vida. Sé que será
difícil, pero no lo creo imposible (ni siquiera se alude ni a uno de
los cinco millones de nombres de los vietnamitas muertos.) Empiezo con
un nombre, John H. Anderson Jr. (PFC, 19 años de edad, muerto el 25
de mayo 1968, más tarde busco en la lista), luego varios, aumentando
exponentemente. Se me hace más y más difícil enfocarme, las caras, las
figuras de familias, amantes, turistas reflejados moviéndose contra el
espejo del Muro de granito negro es una distracción, su parloteo, a
veces su risa, una intrusión en mis meditaciones. A grado que el Muro
se hace más largo, se eleva más y más alto hacia el centro, los
nombres se amontonan uno sobre el otro, se amontonan alto y apretado, a
veces difíciles de distinguir, no sé si por la cantidad, la altura,
el relumbre del sol o las lágrimas que me llenan los ojos. Los
nombres, las letras se borran, se corren una contra la otra.
Empiezo
a pasar los nombres por en cima, dejar mi atención caer sobre un
nombre u otro, un Smith, un Cohen, un Bankowski, un O’Mally, un Chan,
indudablemente un González aquí y allá — toda cultura Europea y muchas
otras representadas por un nombre. ¿Cómo llegaron a estar allí, que
historia de necesidad, que mito o sueño suyo, o de algún antepasado
reciente o lejano, los trajeron a ser “americano” y morir en una guerra
sin sentido o razón?
Después
de algún tiempo mi lectura se hace superficial, paro de vez en
cuando, me arrodillo a levantar y leer una carta, una nota de
testimonio — de amor, de recuerdo — depositada al pie del Muro por
algún sobreviviente, esposa, novia, madre, padre, hijo, sobrino,
sobrina, amigo. Una bandera aquí y allá, una flor (la mayoría
artificiales, unas cuantas en botellas de refresco, marchitándose en
el bochorno.)
La
mente se me entume gradualmente, a veces casi halucinante, se desvía —
imagina ver allí el nombre de un cobarde adinerado con conexiones
políticas poderosas que ahora habita una casa blanca no lejos de aquí.
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Dicen
que los muertos viven mientras sean recordados. ¿Cuántos de los
nombres aquí grabados son aun recordados? Algunas personas, poniendo
trozos de papel contra la piedra negra hacen borradores. La mayoría se
apresuran, los muchachos impacientes a llegar al final, los nombres
cincelados allí no lo suficiente interesantes para captarles la
atención. Los nombres.
El
año pasado, Xochipilli, mi grupo de hombres dedicado a la ceremonia,
en colaboración con el ‘Proyecto Rostros de la Guerra’, montó una
ofrenda a las víctimas de la guerra para la Celebración Comunitaria
del Día de Muertos en el Museo de California en
Oakland. La ofrenda se puso contra las paredes cubiertas de las
fotografías y nombres de los soldados estadounidenses muertos en Irak,
los nombres, sin fotografías, de muertos Iraki. Los nombres, aun
frescos, vivientes en la memoria reciente. Otra guerra, tan insensata,
tan irredimible como la de Vietnam. Estoy cansado, la cara húmeda de
sudor y llanto que no me preocupo de limpiar. Me miran los turistas,
respetuosamente guardan la distancia, alejan la mirada. Sienten que
esta, la de Vietnam, es mi guerra; no sé si mi camiseta les sugiera por
que.
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Llego
al otro extremo del Muro, Jessie Charles Alba (Sgt., 20 años de edad,
muerto el 25 de mayo 1968, a mediados de la guerra.)
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Retrazando
mis pasos a lo largo de la alberca, me siento obligado a subir los
escalones del monumento a Lincoln desde los cuales Marian Anderson una
vez cantó, desde los cuales Martin Luther King, Jr. habló de su sueño.
Paro ante la figura colosal de Lincoln entronizado y leo sus palabras
cinceladas en el mármol blanco a su derecha: “. . . un gobierno del
pueblo, para el pueblo, del pueblo . . .” Esperanza pía devotamente
anhelada.
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Washington D.C.; 15 de agosto 2006
© Rafael Jesús González 2016
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Memorial Day en Arlington National Cemetery
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