Por muchos años, he compartido esta historia (y otras) como un evangelio (del latín evangelium del griego que significa "buen mensaje"), tal como se lee el mismo evangelio en el día apropiado año tras año durante unos 2000 años en las iglesias. Una historia no debe contarse solo una vez, sino que debe repetirse, cada vez leída con nuevo conocimiento y perspectiva, a la luz del momento actual.
Este Día de los Caídos, un día para recordar, es de especial importancia cuando los fascistas que controlan el gobierno de Estados Unidos están intentos en destruir la memoria, la historia, el aprendizaje, borrando aquello que hizo a la nación lo que es, bueno y malo, honorable y deshonroso, para bien o para mal.
Depende de nosotros recordar, contar nuestras historias que forman la historia de la nación. Depende de nosotros mantener viva la historia y hacerla tan verdadera como podamos.
Todo depende en ello.
Celebrando el Día de los Caídos (fiesta patria en los EE.UU. para recordar y honrar personas muertas en servicio en las fuerzas armadas de los EE.UU.) reflexionemos sobre el hecho de que los Estados Unidos como todo imperio ha estado en guerra o apoyando guerras con armamentos constantemente desde sus principios. Guerra, la causa principal del derroche de la Tierra y criando cambio climático, derrochando vidas (vidas estadounidenses y aun más vidas en los países que invaden o en que "intervienen").
Y la limitada democracia por la cual hemos luchado desde la incepción de los Estados Unidos está en riesgo grave ante el fascismo rapaz que se ha apoderado del país.
Hace cincuenta y un años el 30 de abril 1975, la guerra estadounidense-vietnamita acabó con la caída de Saigón, una guerra ignominiosa a la cual la mayoría del pueblo se opuso. Desde entonces guerras estadunidenses igualmente deshonrosas ha habido: la guerra contra Irak bajo el mandato de George W. Bush —sin provocación, ilegal y justificada con mentiras—; y ahora la guerra contra Irán —sin provocación, ilegal y justificada con mentiras—, emprendida por Trump, un demente insensato, que ha hundido la economía mundial. Pero la de Vietnam fue la mía; no porque luchara en ella, sino porque luché contra ella.
Comparto mi pensar durante mi visita al Monumento a la Guerra en Vietnam en 2006 como mi modo de celebrar el Día de los Caídos:
El primer día en Washington D.C., en el calor de agosto, justo del Museo del Indio Americano, llevo mi camiseta con la imagen del apache Gerónimo y sus compañeros armados que lee, “Homeland Security, Luchando contra el Terrorismo desde 1492.” Camino por la alameda, el Mall, rodeo el obelisco del monumento a Washington, sigo la alberca, paso el templo griego de mármol blanco del monumento a Lincoln, al Muro de Vietnam — peregrinaje al monumento a “mi guerra,” mía no porque luché en ella, sino porque luché en oposición de ella — corazón, mente y alma (consejar a objetores de conciencia, organizar seminarios, convocar una huelga de profesores, bloquear oficinas de reclutamiento, marchar.)
Mi intención, un tipo de penitencia, como decir el rosario, es empezar de una punta a la otra y leer cada uno y todos los 58, 245 nombres, imaginándome un rostro, una edad, una historia, una vida. Sé que será difícil, pero no lo creo imposible (ni siquiera se alude ni a uno de los cinco millones de nombres de los vietnamitas muertos.) Empiezo con un nombre, John H. Anderson Jr. (PFC, 19 años de edad, muerto el 25 de mayo 1968, más tarde busco en la lista), luego varios, aumentando exponentemente. Se me hace más y más difícil enfocarme, las caras, las figuras de familias, amantes, turistas reflejados moviéndose contra el espejo del Muro de granito negro es una distracción, su parloteo, a veces su risa, una intrusión en mis meditaciones. A grado que el Muro se hace más largo, se eleva más y más alto hacia el centro, los nombres se amontonan uno sobre el otro, se amontonan alto y apretado, a veces difíciles de distinguir, no sé si por la cantidad, la altura, el relumbre del sol o las lágrimas que me llenan los ojos. Los nombres, las letras se borran, se corren una contra la otra.
Empiezo a pasar los nombres por encima, dejar mi atención caer sobre un nombre u otro, un Smith, un Cohen, un Bankowski, un O’Mally, un Chan, indudablemente un González aquí y allá — toda cultura Europea y muchas otras representadas por un nombre. ¿Cómo llegaron a estar allí, que historia de necesidad, que mito o sueño suyo, o de algún antepasado reciente o lejano, los trajeron a ser “americano” y morir en una guerra sin sentido o razón?
Después de algún tiempo mi lectura se hace superficial, paro de vez en cuando, me arrodillo a levantar y leer una carta, una nota de testimonio — de amor, de recuerdo — depositada al pie del Muro por algún sobreviviente, esposa, novia, madre, padre, hijo, sobrino, sobrina, amigo. Una bandera aquí y allá, una flor (la mayoría artificiales, unas cuantas vivas en botellas de refresco, marchitándose en el bochorno.)
La mente se me entume gradualmente, a veces casi alucinante, se desvía — imagina ver allí el nombre de un cobarde adinerado con conexiones políticas poderosas que ahora habita una casa blanca no lejos de aquí.
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Dicen que los muertos viven mientras sean recordados. ¿Cuántos de los nombres aquí grabados son recordados? Algunas personas, poniendo trozos de papel contra la piedra negra hacen borradores. La mayoría se apresuran, los muchachos impacientes a llegar al final, los nombres cincelados allí no lo suficiente interesantes para captarles la atención. Los nombres.
El año pasado, Xochipilli, mi grupo de hombres dedicado a la ceremonia, en colaboración con el ‘Proyecto Rostros de la Guerra’, montó una ofrenda a las víctimas de la guerra para la Celebración Comunitaria del Día de Muertos anual en el Museo de California en Oakland. La ofrenda se puso contra las paredes cubiertas de las fotografías y nombres de los soldados estadounidenses muertos en Irak, los nombres, sin fotografías, de muertos Iraquí. Los nombres, aun frescos, vivientes en la memoria reciente. Otra guerra, tan insensata, tan irredimible como la de Vietnam. Estoy cansado, la cara húmeda de sudor y llanto que no me preocupo de limpiar. Me miran los turistas, respetuosamente guardan la distancia, alejan la mirada. Sienten que esta, la de Vietnam, es mi guerra; no sé si mi camiseta les sugiera porque.
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Llego al otro extremo del Muro, Jessie Charles Alba (Sgto., 20 años de edad, muerto el 25 de mayo 1968, a mediados de la guerra.)
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Volviendo sobre a lo largo de la alberca, me siento obligado a subir los escalones del monumento a Lincoln desde los cuales Marian Anderson una vez cantó, desde los cuales Martin Luther King, Jr. habló de su sueño. Paro ante la figura colosal de Lincoln entronizado y leo sus palabras cinceladas en el mármol blanco a su derecha: “. . . un gobierno del pueblo, para el pueblo, del pueblo . . .” Esperanza pía devotamente anhelada.
-Washington D.C.; 15 de agosto 2006
© Rafael Jesús González 2026
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