
Creación del Sol y la Luna
de los relatos sagrados de los Nahua
Al principio de este mundo, cuando aun era oscuro y había oscuridad por donde quiera, todos los dioses se reunieron en Teotihuacan (Lugar done nacen los dioses) y dijeron, “No está bien que prevalezca la oscuridad; no es bueno que no haya luz. ¿Cómo crecerá el maíz? ¿Cómo vivirán los humanos?”
Y todos convinieron, “Se necesita un sol; tenemos que crear un sol.” Así dijeron Quetzalcóatl, Serpiente Emplumada, Dios del Viento; y Tezcatlipoca, Espejo Humeante, Dios de la Noche; y Tláloc, Dios de la Lluvia; y Chalchihuitlicue, Señora de las Enaguas de Jade, Diosa de las Aguas; y Xochipilli, Príncipe de las Flores, Dios de la Poesía y el Canto y la Danza; y Chicomecóatl, Siete Serpientes, Diosa del Maíz; y todos los otros dioses y diosas demasiados para nombrar.
Así dijeron — Uno de nosotros tiene que asentir a ser el Sol. Uno de nosotros tiene que lanzarse al fuego sagrado para hacerse el Sol —. Y entonces trajeron muchas maderas preciosas, lináloe y caoba, encino y cedro, pino y mesquite, y encendieron un gran fuego que chisporroteaba y siseaba y despedía una tormenta de chispas en la oscuridad.
Y dijeron — ¿Quién será? ¿Quién se lanzará al fuego y se hará el nuevo Sol? — Y se miraron uno al otro y todos tenían temor.
Y de entre ellos se presentó Tecuciztécatl, Dios del Caracol, el Dios Hermoso, el más bello y el más rico, y dijo — Yo seré el nuevo So. — Y anduvo por la multitud de dioses y era muy hermoso y llevaba un taparrabos y manto del más fino algodón, suave como la barba del maíz tierno, bordados con arcos iris. En la cabeza llevaba una corona de las plumas más finas: quetzal, guacamaya, colibrí, catorro. Jade y turquesa adornaban su cuello.
Era un dios orgulloso y rico. Sus instrumentos de sacrificio eran de los más finos. Para punzarse la lengua, las orejas, el pene para sangrarse para ofrecer a la Tierra, Coatlicue, La de Enaguas de Serpientes, Tonantzin, Madre de todos los dioses y de todos nosotros, llevaba no espinas sino agudas astillas de coral. Para recoger la sangre llevaba no bolas de zacate sino bolas de pluma de quetzal. Para ofrecer humo perfumado llevaba solamente el más fino copal blanco.
Y así hizo sacrificio; cuatro días completos se sacrificó. Se sacó sangre de la lengua, las orejas, el pene con sus astillas de coral y la recogió en sus bolas de pluma de quetzal y se la ofreció a la Madre Tierra. Tomó su precioso copal blanco y lo puso sobre un carbón vivo y envió el humo blanco, perfumado a los cielos.
Luego cerró los ojos, respiró profundamente, y corrió hacia el fuego que rugía, chisporroteaba, humeaba.
Pero era demasiado caliente, demasiado intenso, demasiado feroz el fuego. Y paró en seco.
Otra vez el Dios Hermoso cerró los ojos, respiró profundamente, y corrió hacia la hoguera.
Otra vez la pira resultó demasiada caliente, demasiada feroz. Y el dios paró en seco.
Una vez más, otra vez más, el Dios Hermoso cerró los ojos, respiró hondamente, corrió.
Y paró en seco.
Y otra vez más, otra vez, de nuevo, intentó el dios hermoso. Y de nuevo no pudo.
Los dioses murmuraron entre si mismos y el Dios Hermoso se avergonzó pues su corazón no fue lo suficiente fuerte y no pudo lanzarse al fuego para hacerse el nuevo Sol. Y los dioses de nuevo se preguntaron quien entre ellos asentiría a hacerse el nuevo Sol.
Y desde muy atrás, desde las orillas de la muchedumbre de dioses vino el menor de ellos, Nanahuatzin, El Ulceroso, el Dios Feo, jorobado y tullido, su cutis manchado de llagas. Y pobre era. Su taparrabos, su manto eran de tejido de maguey burdo. Su tocado era de papel amate. Sus instrumentos de sacrificio eran solamente espinas de maguey negras. Para recoger su sangre tenía bolas de zacates secos. Demasiado pobre para poder aun copal común, tenía solamente trocitos de la corteza. Los dioses murmuraron entre si.
Pero dijo — Entraré al fuego —. Por cuatro días enteros dijo sus rezos a la Tierra; se punzó la lengua, las orejas, el pene con sus espinas; recogió la sangre en sus bolas de zacate; y se las ofreció a la Santa Madre. Tomó sus pedacitos de corteza de copal, los puso sobre un carbón vivo y el humo débilmente perfumado se elevó a los cielos.
Cerró los ojos. Respiró profundamente. Corrió.
Y,
----con el corazón en la garganta,
--------------------------------------se lanzó al fuego.
Las llamas brotaron más altas. Chisporretearon. Brumaron. Saltaron. Chispearon y humearon. Chispas se arremolinaron hacia al cielo. Rescoldos y brasas dispararon fuera de la hoguera. Y las llamas amenazaban romper sus bordes, lamer los zacates y arbustos de la tierra con sus lenguas rojas y doradas.
Pero notando esto, el águila cayó del cielo y con sus alas barrió las brasas ardientes de vuelta al fuego. Pero las brasas vivas se rodaban al césped y viendo esto, el jaguar las rasgó de vuelta hacia al fuego con sus garras y se revolcó sobre ellas para apagar sus llamas. Desde ese momento entonces las puntas de las alas del águila quedaron chamuscadas y la piel del jaguar quedó marcada donde fue quemada por las brasas.
La lumbre aun subía, alta y más alta. Y por muchos días los dioses vigilaban y rezaban sin saber por donde vendría el Sol hasta que el cielo enrojeció en el oriente y del centro de las llamas se elevó el corazón del menor de los dioses todo ardiente y brillante y flamante.
Y subió alto y más alto y paró en lo alto y quedó quieto en medio del cielo.
Los dioses quedaron silencios y atónitos y le llamaron Tonatiuh, el Sol. Y ardió ferozmente y brillante y su luz cegaba y se puso sumamente caliente.
Tonatiuh Durante todo este tiempo el Dios Bello vigilaba desde donde estaba entre los otros dioses. Y una profunda vergüenza lo sobrecogió. Y, tomando corazón, cerró los ojos, respiró hondamente, corrió hacia al fuego —
-------------------------------------------- y se lanzó.
El fuego ardía y subía y humeaba y chisporroteaba y chispeaba. Y de su ardor se elevó el corazón del Dios Bello y se hizo un segundo sol y paró cerca de Tonatiuh, el nuevo Sol.
Y los dioses dijeron — Esto no es bueno. Si hay dos soles y ambos paran ardiendo tan ferozmente en un lugar, todo sobre la tierra se chamuscará y se quemará y el maíz no podrá crecer y ninguno de los animales, inclusive el humano, podrá vivir —.
Y Quetzalcóatl, Señor del Viento, dijo — Así es —. Y se puso su Máscara del Viento y respiró profundamente y sopló un viento fuerte y puso a los dos soles en movimiento a través del cielo.
Y los dioses se asombraron y dijeron — Esto no está bien; no puede ser, pues si tenemos dos soles igual de brillantes uno siguiendo junto tras al otro, todo se chamuscará y se quemará, marchitará y morirá.
Y Quetzalcóatl dijo — Es cierto —. Y viendo una liebre brincar entre los zacates y los nopales cercanos, corrió tras ella, la persiguió, la cogió de las orejas y, con todo su poder, la giró sobre la cabeza de él y se la lanzó al segundo sol dándole justo en la cara.
Inmediatamente la luz del segundo sol se apagó y su vuelo se retardó así que siguió a Tonatiuh, el nuevo Sol, a un buen paso detrás. Y los dioses dijeron — Está bien. El segundo sol será la Luna y seguirá al nuevo Sol que regirá sobre el día a un buen paso detrás y alumbrará la oscuridad de la noche —. Y así fue.
Y porque se avergonzó, la Luna tuvo que hacer penitencia y expiación por su orgullo y falta de valor. Así es que ayuna y cuando lo hace, se ve que se vuelve de su ser rechoncho y bello, más y más flaco hasta que queda una mera astillita, una sombra de sí mismo. Y luego deja de ayunar y de nuevo engorda y se pone hermoso hasta que vuelve a ayunar de nuevo.
Pero aun cuando está gordo y hermoso, todavía se le ve la marca que dejó el conejo cuando le pegó en la cara hace mucho tiempo en Teotihuacan, donde nacen los dioses.
© Rafael Jesús González 2007
[Comisionado por la Biblioteca Pública de Oakland, Oakland, California, cuando el autor era Poeta en Residencia bajo el programa Escritores en Sitio de Poets & Writers, Inc. y una concesión de la Fundación James Irvine, 1996. Derechos reservados del autor.]
la Luna nahua