Cuando los antiguos
griegos se reunían en Olimpia
para honrar a Zeus, rey
de los dioses, con sus juegos,
se encendía fuego
sagrado, signo de la paz y la esperanza,
fuego irónicamente
robado del dios por el titán del pensar.
Suspendiendo toda
hostilidad gravaban su tregua
en disco de bronce
guardado en el templo de Hera.
Ni oro ni plata ni
bronce para los honrados triunfadores
sino una simple corona
de olivo, signo de la paz. Y poetas los alababan.
Ahora en nuestros
juegos actuales se trae una antorcha encendida
en las ruinas de la
antigua Olimpia pero hemos sacado fuego maldito
para rivalizar las
llamaradas del sol del mero átomo que los griegos postularon
y el Trompudo, jefe
del imperio, demente y cruel como cualquier Calígula
y más imbécil, se
pavonea como muchacho adolescente
y tuiteando se mofa
que "la mía es más grande que la tuya"
y quiere desfile
militar solamente porque sí para mostrarlo.
Y el mundo tambalea al
borde de aniquilación flameante,
y Gea misma, madre de
todos los dioses, diosas, se amenaza.
© Rafael Jesús González 2018
--










