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En estos tiempos de peste leo otra vez lo que escribí hace doce años. El Pres.EE.UU. 43 era un hombre de mente mediocre, torpe en su hablar, que se había hecho presidente a través de embustes. Su respuesta al dolor causado por la tragedia del ataque terrorista en Nueva York fue decirnos que "fuéramos de compras." Usó el ataque para quitarnos nuestros derechos y libertades, avanzar el estado policial, tomar poderes de guerra de un congreso dispuesto a renunciar su prerrogativa constitucional y descaradamente mintiendo invadió Irak del cual todavía no nos hemos sacado completamente. Legalizó la tortura y despojo a los acusados de sus derechos. Era criminal de guerra. Luego llegó un hombre en su apogeo, inteligente, elocuente, guapo y negro a seguirlo como Pres.EE.UU. 44. Había esperanza. Suya fue la primera inauguración presidencial en la cual lloré. Trajo dignidad y estilo a la Casa Blanca si no los cambios esperados; aparte de un plan de salud pública defectuoso era lo de siempre.
¿Necesito decir lo indecible que siguió? Estamos en una pandemia devastadora tal que nadie vivo ha visto en su vida y el deplorablemente vil Pres.EE.UU. 45, profundamente ignorante, mentirosa patológico, no creyente en la verdad ni mucho menos en la ciencia, arrogante, corrupto, autoritario, descaradamente fascista minimó la pandemia, respondió con demasiado poco demasiado tarde y la "América" que hubiera "hecho grande de nuevo" inepta y corruptamente gobernada en las garras de la pandemia está en grave situación para decir lo menos.
El mundo entero se ha estremecido y cambiado por la pandemia; como ha dicho mi amiga y colega Deena Metzger, "Sufrimos de una enfermedad que amenaza a la especie." (Cualquier
patogénico apocalíptico tendría que poseer una muy especial combinación de dos atributos. Primero, tendría que ser tan desconocido que ninguna terapia o vacuna existente le sería aplicable. Segundo, tendría que tener una alta y subrepticia transmisibilidad antes de que síntomas ocurrieran.) Pero la enfermedad es más que cuestion de un virus coronado mortal; es una enfermedad del alma que ha puesto en riesgo a la vida humana y a toda vida por el mero modo en que nos hemos relacionado con la Tierra. La esperanza en este descenso al infierno es que aprendamos que nuestra única salvación está en un amor feroz por la Tierra, por la vida que lleva, por uno al otro, y rehacer el mundo que quede en acuerdo.
En estos tiempos de peste, estas memorias y palabras de esperanza de hace doce años:
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Sábado de Gloria
Este año el sol y la luna han ordenado sus pasos tal que el
equinoccio primaveral y la luna plena han coincidido casi perfectamente y
el calendario litúrgico celebra la ascendencia de la luz tan temprano
en el año como pueda.
Celebro las fiestas de la Tierra,
del Sol, de la Luna y los días santos cristianos de mi niñez: Jueves
Santo, Viernes Santo, Sábado de Gloria, Domingo de Pascuas. Ha sido la
cuaresma, el domingo de la semana santa lleno de un regocijo ominoso,
los días que le siguen, amargos. De hecho, un amigo me ha dicho que
recientemente mis palabras carecen de goce (yo, que siempre he dicho que
el goce es la raíz de nuestro poder.) Vivimos en tiempos que nos
inhabilitan — y el Jueves Santo, el Viernes Santo son fiestas de
traición, de dolor, de tortura.

Pero
llega el Sábado de Gloria, inminente el fin de la cuaresma. Desde niño
siempre lo he recordado como un día amarillo de sol, y a medio día,
entonces, las campanas de las iglesias repicaban, indicando que el dios
muerto abría las puertas del infierno liberando a nuestros padres Adán y
Eva y a los justos, los compasivos allí presos. Cosa gloriosa este
triunfo del bien sobre el mal, de la luz sobre la oscuridad, de la
esperanza sobre la desesperación — y está la primavera. Cosa gloriosa y
en el mundo hispano se conoce como Sábado de Gloria.
El
día siguiente es Domingo de Pascuas, aun más lleno de sol si posible
fuera. Despertábamos a la maravilla de los huevos que habíamos pintado
esmeradamente la noche anterior, a ponernos la ropa nueva espléndida que
ostentaríamos religiosamente en la catedral en la misa de once
brillante con las luces arco-iris que destellaban por las ventanas de
vidrio teñido y coloreaban el humo del incienso y, me imaginaba, los
meros tonos del coro cantando sus glorias. ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Gloria!
¡Ha triunfado la luz, el dios ha resucitado! ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Gloria!
Y
era tiempo de regalos también, ropa y piezas de joyería, a lo menos
huevos. (Un Domingo de Pascuas le hice a mi madre un regalo muy
especial, una crucecita de oro con una brizna de diamante en el centro
que, como monaguillo en misa mayor, le había pedido al obispo la
bendijera.) Los regalos eran uno de los grandes goces de las pascuas, no
tanto recibirlos, sino más bien hacerlos. (Muchas veces, en todo
sentido de la palabra.)
Eso era en mi niñez, aun en mi
juventud, pero aun, este es un tiempo de luz, de dicha, de esperanza,
aun en estos tiempos oscuros. Han escuchado, leído mis palabras, mis
obsequios oscuros durante la semana o más pasada y les daría en este
Domingo de Pascuas algo más lleno de luz, de belleza, de verdad, de
justicia, de compasión, de esperanza.
Muchas veces hubiera deseado escuchar a Jesús hablar sobre la
justicia y la compasión y los lirios del campo o aconsejar al bien
intencionado joven rico, parar transportado entre la muchedumbre al pie
de la colina o seguirle cerca en las calles estrechas de Jerusalén por
el sonido de su voz. Me imagino tener una grabación de la voz del
Maestro para darles en este día. Pero esa voz (aun volando a través del
universo, nos dice la ciencia) ya está más allá de nuestro oír. En vez,
les ofrezco otra voz, una que repite (en inglés) las enseñanzas del
nazareno tal como las entiendo yo.
Cuando tengan, o
tomen, media hora para aceptar mi obsequio, con un clic o dos, quiebren la cáscara de huevo abajo. La verdad, el compromiso a la justicia, la compasión, la
esperanza expresadas son nuestras — si escogemos hacerlas tal.
----------Bendiciones —
------------------------------© Rafael Jesús González 2008
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