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Sostenemos como evidentes en sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, evidencia en designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad y su felicidad.
Cuando se escribieron estas palabras en 1776 para declarar la separación de la corona inglesa de las trece colonias inglesas en América originales, tenían el brillo de una verdad ideal y de esperanza, a pesar de que la palabra
hombres no incluía a las mujeres y la palabra
todos no incluía a los esclavos, casi todos de origen africano, ni la gente originaria ‘india’ a quienes los coloniales asesinaron y desplazaron, dándole a la palabra
iguales el sonido de una campana rajada.
Verdades son pocas veces evidentes en sí mismas y no fue hasta 144 años más tarde, durante las vidas de mis padres, que las mujeres obtuvieron el derecho de votar. No fue hasta 178 años más tarde, el año en que me gradué de la escuela secundaria, que las demandas por tratamiento igual bajo la ley de los afro americanos se tomaran en serio, con mucho esfuerzo y sacrificio. Las tierras de los pueblos originarios ‘indios’ todavía se les arrebatan y se abusan los derechos de los ‘indios’. La palabra
iguales todavía tiene ese sonido rajado.
Hoy, 232 años más tarde, auque los derechos de la mujer todavía se debate, tenemos un candidato de descendencia africana a la presidencia de estos Estados Unidos. (Auque sea descendiente no de los esclavos africanos traídos aquí hace mucho tiempo sino de un padre africano de una clase rica y privilegiada.)
Votaré por Barack Obama, pero no con estrellas en los ojos ni gran regocijo en la sangre; su promesa de cambio, ya veo, es retórica. Votaré por Obama porque John McCain y la continuación del régimen Republicano sería desastroso para la nación y para el mundo. Mi preferencia era Dennis Kucinich; voté por John Edwards; mi siguiente preferencia hubiera sido Bill Richardson. Votaré por Obama porque no tengo otra opción.
Me duele escribir estas palabras y sé que herirán las esperanzas de muchos, entre ustedes querida familia, amigos, colegas. Pero es mejor que como ciudadanos comprometidos a los ideales de una democracia cumplamos nuestra responsabilidad política con visión clara y con poca ilusión. Salvo por algunas cuestiones domésticas importantes, el partido Demócrata, en primer lugar, ha diferido históricamente casi nada del Republicano en su política del exterior imperialista. Los Estados Unidos siempre ha sido esencialmente una oligarquía, una plutocracia; no tenemos partido de oposición verdadera para cuestionar las premisas del capitalismo, las corporaciones que ha parido y el fascismo al cual es susceptible. Nuestro gobierno es comprado. Sus puestos más altos son para los cuales quienes cofres de campaña son llenados por las corporaciones a las cuales son obligados..
Reconocido y dicho esto, elijamos a Barack Obama, pero
veámoslo verdaderamente más allá del lustre de su inteligente (y muchas veces engañadora) retórica, su carisma, su atractivo. En lo mejor, lo que ha dicho y su historia del voto son manchados; demasiadas veces ha votado
al lado republicano: sobre la guerra y ocupación de Irak, sobre la regulación de la energía nuclear, sobre la acción popular, sobre los cargos de la tarjeta de crédito, sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte [TLCAN], sobre la pena de muerte, sobre la inmigración y la construcción de un muro a lo largo de la frontera con México. Está contra el sistema de salud pública de un solo pago y el juicio político contra George W. Bush.
Hace exactamente un mes que le declaró al Aipac (el lobby Sionista) su poyo de un Jerusalén enteramente bajo Israel, ignorando la designación de las Naciones Unidas de la ciudad sagrada a las tres sectas abrahámicas (el Judaísmo, el Cristianismo, Islam) como ciudad internacional. Sus declaraciones sobre Irán han sido mixtas y confusas. En mayo en Miami dijo que continuaría el embargo vengativo contra Cuba que ha incapacitado su economía sobre 47 años y que las Naciones Unidas ha declarado ilegal bajo la ley internacional. Silencioso sobre la Escuela de las Américas, ha dicho que los EE. UU. ha “perdido a Latino América” y que Colombia tenía derecho de invadir al Ecuador. Además, apoya la Iniciativa de Mérida (que haría de México, igualmente culpable de violar los derechos humanos, aun más un estado subordinado al par con Colombia) y declaró que “debemos empujar más al sur también.” Se ha tomado por dado que desde la Doctrina Monroe de 1823 que los EE. UU. ha declarado América Latina suya, pero esa es una política que yo y todo mundo de consciencia, encontramos reprensible.
Ahora apoya y vota por
inmunidad retroactiva para las compañías (corporaciones) de telecomunicación que contra la ley de la nación nos han espiado a nosotros, los ciudadanos de los Estados Unidos. Quisiera un Presidente mucho más respetuoso de la Constitución y de los derechos civiles, de la libertad y su protección.
Estas cosas me preocupan mucho, pero aun así es mejor que McCain y trabajaré duro por la elección de Obama y echaré mi voto por él cuando venga noviembre; solo quisiera poder hacerlo de todo corazón. Debemos trabajar igualmente duro por elegir representantes como Barbara Lee y Dennis Kucinich y otr@s de tal integridad y valor al Congreso, Cámara de Delegados y Senadores, para mantener responsable al Presidente; a los puestos del estado, del condado, del distrito, del municipio porque la justicia y la compasión deben ser arraigadas en el suelo más cercano a donde llevamos nuestras vidas.
En este día de celebración les pido perdón a mi familia, amigos, colegas, partidarios entusiastas de Obama, por apagar sus espíritus. Debemos trabajar igualmente duro por su elección, pero sin demasiadas ilusiones. Él forma parte del sistema que debemos cambiar, muy cerca de sus raíces. La dispersión de la ilusión no debería debilitar a la fe sino hacerla más fuerte. No les hacemos honor a nuestras creencias mantenerlas a ciegas; si estas son verdaderamente arraigadas en la verdad y el amor por la vida, en veneración de la libertad, en respeto y compasión, deberían ser capaces de aguantar la luz plena. Mi respeto especialmente a ustedes, mis amigos jóvenes, que por primera vez han sido arrastrados al envolvimiento político por la elocuencia y carisma de Barack Obama; prepárense para la desilusión y la lucha. Espero con toda el alma que esté equivocado pero si y cuando venga, que sus convicciones y fe sean tales que su decepción sea sino pábulo para su furia justa y lo hagan a él, y a nosotros, responsables..
En el esquema vasto de este vasto universo y la inmensidad del tiempo en que se despliega, la lucha por la justicia y la paz, por la veneración de la vida y de la Tierra ha apenas empezado. Eso es lo que este día debe significar — una celebración no solamente de lo que ha sido, sino de su promesa de que nosotros la gente debemos crear.
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