--[En su rendición en las montañas Pata de Oso, Territorio de Montana, 5 octubre 1877]
Decidle al General Howard que conozco su corazón. Lo que me ha dicho anteriormente lo llevo en el corazón. Estoy cansado de luchar. Nuestros jefes fueron muertos. Espejo es muerto. Tu-hul-hil-sote es muerto. Los viejos son todos muertos. Son los jóvenes quien ahora dicen sí o no. El que tuvo mando de los jóvenes [Alikut el hermano de Joseph] es muerto. Hace frío y no tenemos cobijas. Los niños se hielan hasta morir. Mi gente — algunos de los cuales han huido a las lomas y no tienen cobijas ni comida. Nadie sabe donde están — tal vez helándose hasta morir. Quiero tener tiempo para buscar a mis hijos y ver cuantos de ellos puedo encontrar. Tal vez los encuentre entre los muertos. Oídme, mis jefes, está enfermo y triste mi corazón. De donde está ahora el sol no lucharé aun más contra el hombre blanco.

[En una visita a Washington, D.C., 1879]
Al fin se me ha dado permiso de venir a Washington y traigo conmigo a mi amigo Toro Amarillo y nuestro intérprete. Me alegro de que vine. Me he tomado de la mano con muchos amigos, pero hay algunas cosas que quiero saber que parece nadie puede explicar. No puedo comprender como el Gobierno envía a un hombre a luchar contra nosotros como lo hizo con el General Miles, y luego rompe su palabra. Tal gobierno tiene algo malo en él. No puedo comprender porque a tantos jefes se les permite hablar en tantos modos distintos y prometer tantas cosas distintas. He visto al Gran Padre Jefe [Presidente Hayes]; el Siguiente Gran Jefe [Secretario del Interior]; el Jefe Comisionado, el Jefe de la Ley y muchos otros jefes de la ley [los Diputados] y todos dicen que son mis amigos y que tendré justicia pero a la vez que sus bocas hablan bien no comprendo porque nada se hace por mi gente. He oído hablar y hablar pero nada se hace. Las buenas palabras no perduran mucho a menos que valgan algo. Las palabras no pagan por mi gente muerta. No pagan por mi tierra ahora invadida por los hombres blancos. No protegen la fosa de mi padre. No pagan por mis caballos y mi ganado. Las buenas palabras no me devuelven a mis hijos. Las buenas palabras no cumplirán la promesa de su Jefe de guerra el General Miles. Las buenas palabras no les dan un hogar a mi gente donde puedan vivir en paz y cuidar de si mismos. Estoy cansado del hablar que lleva a nada. Me hace enfermo el corazón cuando recuerdo todas las buenas palabras y todas las promesas rotas. Ha habido demasiado hablar por hombres que no tenían el derecho de hablar. Demasiadas malas interpretaciones se han hecho; demasiados equívocos han surgido entre los hombres blancos y los indios. Si el hombre blanco desea vivir en paz con el indio podrá vivir en paz. No debe haber ninguna dificultad. Tratad a todo hombre igualmente. Dadles las mismas leyes. Dadles a todos la misma oportunidad de vivir y prosperar. Todos los hombres fueron creados por el mismo Gran Jefe Espíritu. Son todos hermanos. La Tierra es la madre de toda la gente y toda la gente deben tener los mismos derechos en ella. De una vez podéis esperar que los ríos fluyan al revés que cualquier hombre nacido libre sea contento encorralado y negado la libertad de ir a donde quiera. Si atas a un caballo a un palo ¿esperas que engorde? Si encorralas a un indio en un pequeño pedazo de tierra y lo obligas a permanecer allí no será contento ni crecerá ni prosperará. Les he preguntado a algunos Gran Jefes Blancos de donde les llega la autoridad de decirle al indio que debería estarse en un lugar mientras él ve a los hombres blancos ir a donde gusten. No me lo pueden decir.
Solamente le pido al Gobierno que sea yo tratado tal como todos los otros hombres son tratados. Si no puedo ir a mi propia casa permitidme un hogar en un país donde mi gente no muera tan rápidamente. Quisiera irme al Valle de la Raíz Amarga. Allí mi gente sería feliz; donde están ahora mueren. Tres han muerto desde que dejé mi campamento para venir a Washington.
Cuando pienso en nuestra condición se me hace pesado el corazón. Veo a los hombres de mi propia raza tratados como criminales y echados fuera de país a país o fusilados como animales.
Sé que mi raza ha de cambiar. No podemos mantenernos tal como somos con los hombres blancos. Sólo pedimos la justa oportunidad de vivir como viven los otros hombres. Pedimos que se nos reconozca como hombres. Pedimos que la misma ley obre igualmente sobre todos los hombres. Si un indio rompe la ley, castigadlo por la ley. Si un hombre blanco rompe la ley, castigadlo también.
Permitidme ser un hombre libre, libre a viajar, libre a parar, libre a trabajar, libre a negociar donde escoja, libre a escoger mis propios maestros, libre a seguir la religión de mis padres, libre a hablar, pensar y actuar por mí mismo — y obedeceré toda ley o me someteré al castigo.
Cuando el hombre blanco trate al indio tal como se tratan uno al otro entonces no tendremos más guerras. Seremos todos iguales — hermanos de un padre y una madre, con un cielo sobre nosotros y un gobierno para todos. Entonces el Gran Jefe Espíritu que arriba reina sonreirá sobre esta tierra y enviará la lluvia para limpiar los lugares sobre la faz de la tierra hechos sangrientos por las manos de hermanos. La raza india espera y ruega por ese tiempo. Espero que no más gemidos de hombres heridos lleguen al oído del Gran Jefe Espíritu y que toda gente sea una gente.
Hin-mah-too-yah-lat-kekht ha dicho por su gente.
(traducción del inglés de
© Rafael Jesús González 2007
[TEXTO: Chester Anders Fee, Chief Joseph: The Biography of a Great Indian, Wilson-Erickson, 1936.]
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